CORAL POLIFÓNICA GIJONESA
Recortes de Prensa
La Nueva España - 17 de Octubre de 2003

Bel canto de primera

Texto: Cosme Marina

Razones profesionales derivadas del seguimiento informativo de los conciertos que el Coro de la Fundación Príncipe de Asturias realizó a Nueva York me impidieron la asistencia a la primera función de la temporada de ópera como es habitual, lo que explica que la reseña crítica se ciña a los resultados de la tercera de las representaciones, celebrada el pasado jueves.

La apuesta por realizar el ciclo Tudor de Donizetti, en el marco de la temporada, se ha saldado, afortunadamente, con una gran representación de «Roberto Devereux» que salva los irregulares resultados de títulos anteriores, especialmente de «Maria Stuarda». Por fin se consiguió un producto pleno, desde el punto de vista musical y escénico, y en el que cada elemento se movió por parámetros de eficacia y, en muchos pasajes, de excelencia.

Este tipo de obras puede tener diversas aproximaciones escénicas, muchas de ellas problemáticas. Las meramente historicistas suelen ser las más costosas y difíciles de realizar en un teatro con las limitaciones escénicas del Campoamor, y los seudohistoricismos cutres mejor tenerlos alejados de nuestra temporada y que pasen al baúl de nuestros peores recuerdos líricos. Las ópticas arriesgadas tienen el peligro de que, si no se enfocan con un criterio preciso, pueden desconcertar al espectador y dar al traste con la obra no sólo por el cambio de contexto, sino por las sucesivas modificaciones que se han de insertar para encajar la trama a otras épocas.

Aquí se ha tenido el acierto de reponer la producción que Jonathan Miller diseñó para la Ópera de Montecarlo y que ha realizado en el Campoamor con gran eficacia y profesionalidad Patricia Panton, asistente suya. La modernidad de Miller reside en que su trabajo parte de parámetros clásicos y no precisa de «boutades» para acercarse al gran repertorio romántico. Es uno de los grandes popes de la escena mundial. Pertenece a ese escaso grupo, de no más de diez nombres, que marcan las tendencias escénicas de la lírica. A la vez que el «Roberto» de Oviedo, él estrenaba una nueva producción de «Las bodas de Fígaro» en Florencia, se reponían otras «Bodas» en el Metropolitan de Nueva York y una «Bohme» en la Ópera de París. Creo que semejantes «compañeros de viaje» indican ya por sí solos el salto cualitativo que el Campoamor puede experimentar con este tipo de acercamientos que siguen las formas más recientes de ofrecer ópera, sin menoscabo de las apuestas por los jóvenes valores que ha de ser, asimismo, una apuesta constante del ciclo lírico.

Independientemente de que el resultado estético de la producción convenza más o menos al espectador -cada cual tiene su propia sensibilidad y gustos estéticos determinados-, de lo que no hay ninguna duda es de la calidad de un trabajo impecable y moderno desde su capacidad de enfocar una obra de dramatismo escénico muy limitado y que basa en la vocalidad sus mayores aciertos y puntos de interés. Miller ha entendido a la perfección las carencias dramáticas de la obra y ha hecho de la necesidad virtud. Plantea el mundo Tudor como un universo cerrado, opresivo, estéticamente duro, agresivo y sin apenas vías de escape. La escena desnuda y la escenografía con concepto minimalista -que no la dirección de escena, aún parece que ambos aspectos no se diferencian como debieran, como dos partes de un proyecto escénico global- en lo que se refiere al empleo de líneas rectas y un colorido austero con unas concesiones muy limitadas en lo que al atrezo se refiere. Miller sólo deja ver detalles coetáneos a la época casi de un modo simbólico. Es decir, no descontextualiza la obra, sino que le da la vuelta y encierra cada aposento en una gran caja con limitadas líneas de fuga -magnífico, en este sentido, es el trabajo del escenógrafo Roni Toren-. El trono, un cortinón de terciopelo rojo, un telón que se torna plomizo cielo, vitrales que filtran luz macilenta, una cárcel austera y desolada, un escudo, un retrato, son las referencias que llevan al trazo histórico. Y no hace falta más. En la escena prima, ante todo, el estatismo, la rigidez. El coro se concibe prácticamente inmóvil, a la griega, y con detalles geniales, como el movimiento de marioneta con el que se inicia la obra: una corte delirante, de peleles, sometidos a las turbulentas pasiones del cuarteto protagonista. Además Miller busca resultados estéticos a través de un juego con el claroscuro pictórico de excepción. De hecho, el último cuadro, con el coro en las ventanas, es hermoso y explica el final con el aria terrible de Elisabetta, al borde de la desesperación y la locura. A estos resultados contribuye, por supuesto, el trabajo de iluminación de Robert Bryan -uno de los especialistas europeos más solicitados en su ámbito que fue jefe de iluminación del Festival de Glyndebourne y asesor en el Covent Garden de Londres- y de la figurinista Clare Mitchell con una recreación en el vestuario fiel, tanto en el diseño como en las texturas empleadas, de gran plasticidad en sucesivas degradaciones del blanco.

Si desde el punto de vista escénico el trabajo ha sido de relevancia y permite al público del Campoamor estar al tanto de diferentes enfoques de los más grandes creadores, no se quedó atrás el trabajo musical de Roberto Tolomelli. El director italiano ya salvó el año pasado la «Stuarda» y ahora ha culminado el ciclo con su habitual eficacia y sabiduría belcantista. Ya marcó la pauta de su labor en la obertura ambiciosamente concebida a través de unos «tempi» contrastados y lúcidos. Su versión apenas tiene cortes, lo que permite apreciar los desarrollos vocales donizettianos en su plenitud. Porque en las mutilaciones de las obras casi siempre se pierde, salvo excepciones, aunque cada vez más las versiones tienden a ser íntegras y fieles al original. Tolomelli tiene la virtud de acompañar con pulcritud al cantante y complementar esto con un tratamiento digno de la música de Donizetti, concebida con entidad y no como un simple telón de fondo de la voz. En la Orquesta Sinfónica «Ciudad de Oviedo» encontró adecuado instrumento para sus fines, en clara línea ascendente con ejemplares y férreas prestaciones. Del mismo modo la Coral Polifónica «Anselmo Solar» demostró el acierto de invitar a otras agrupaciones corales a la temporada. Amigos de la Ópera está por encima de localismos y añade a su gran activo, que es el coro de la entidad, otras formaciones que también consiguen prestaciones muy buenas. En este sentido, la agrupación que dirige Joaquín Valdeón demostró garra escénica, desenvoltura y una buena preparación vocal. El coro gijonés no debiera desvincularse del ciclo lírico del Campoamor.

El alto nivel de la función no se hubiera rematado sin un reparto de altura. Las calidades de todos fueron altas y esto es lo que indica si estamos ante un «cast» adecuado y no con los típicos altibajos a los que se asiste en tantos lugares. Los secundarios, Mikeldi Atxalandabaso, Víctor García y Ernesto Morillo, se movieron por caminos de corrección, voces de interés y adecuación precisa a cada uno de sus respectivos roles.

Y en lo que al cuarteto protagonista se refiere su homogeneidad fue casi total. El «tour de force» de Ana María Sánchez como Elisabetta es inmenso. La soprano inicia y termina su intervención de forma apabullante, con notable despliegue de recursos expresivos. En su primer acercamiento a la obra, hace unos años también en Oviedo, sus prestaciones fueron buenas, pero ahora se han multiplicado gracias a un acercamiento vocal flexible y seguro, de soprano dramática, coloratura de enorme fuerza y de rigor estilístico de alta escuela. Su evolución es imparable. Siempre va a más. De igual modo, la mezzo Elisabetta Fiorillo, referencia en el ámbito verdiano, acierta con sus cada vez más frecuentes aproximaciones al bel canto. Aunque comenzó la noche con una emisión un tanto rígida, el resultado global fue inmenso, con un preciosismo interpretativo y vocal que alcanzó su cenit en los dúos con el tenor y, sobre todo, con el barítono en el tercer acto. Fue la suya, por su adecuación, una lección de canto, en fraseo, dicción, seguridad en cada registro, y también la demostración de cómo una intérprete de calidad puede moverse en varios repertorios y en todos ellos con igual eficiencia.

Un auténtico descubrimiento ha sido el tenor Stefano Secco, apenas conocido en nuestro país, pero que, a buen seguro, está llamado a desarrollar carrera de relieve. Es un placer escuchar a un tenor de sus características, con su capacidad para afrontar este repertorio sin exageraciones fuera de estilo. Su canto es fluido, ágil, bien timbrado y, sobre todo, con una regularidad en su desarrollo nada frecuente. Por último, el barítono Roberto Servile trazó un Nottingham a la antigua, muy prepotente en la escena y de fuerte expansión vocal. Servile, cantante de experiencia, mantiene sus capacidades vocales íntegras perfectamente adecuadas. En fin, una buena noche de ópera, ojalá preludio de muchas más.


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