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CORAL
POLIFÓNICA
GIJONESA
Recortes de Prensa |
El Comercio - 7 de Noviembre de 2002 |
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Texto: Ramón G. Avello
Admiro a la Polifónica Gijonesa y, precisamente por ello, procuro ser no sólo sincero en mis opiniones sobre ella, sino también objetivo y exigente. En otras palabras, si afirmo que hace dos años interpretaron desde una perspectiva vocal la mejor Novena de Beethoven que se ha escuchado en Asturias es porque estoy convencido de ello. En contrapartida, si algo no me gusta, también lo digo. Ante el concierto del martes, estaba con unas expectativas de altísima calidad, entre otras cosas porque la Misa de Gloria, de Puccini, es una composición muy apropiada a la sensibilidad de la coral, que la interpretó bajo la dirección de Luis Gutiérrez en dos ocasiones. De dos versiones redondas se espera que la tercera sea apoteósica. Y creo que no fue así. En el concierto, encuadrado siempre en una calidad coral buena, hubo partes excelentes y aspectos más convencionales dentro de una correcta dignidad interpretativa. Excelente en la primera parte la interpretación del Kirie en Re menor Kv 341 de Mozart. No es necesario detenerse en aspectos de empaste entre las voces y afinación, plenamente realizados por el coro en todo el concierto. Más allá de la técnica, hemos escuchado un Kirie emocionante en el que contrastan y se fusionan una atmósfera sombría, generalmente sobre las palabras Kirie, y una dulzura luminosa y conmovedora sobre el término Kriste. La Misa de Gloria es una obra muy compleja, tanto por la elegancia de su instrumentación, no especialmente resaltada por la Sinfónica de Donetsk, como por las variadas combinaciones y densidades vocales. Las voces masculinas estuvieron acertadamente reforzadas con algunos coristas del Orfeón Gijonés. La versión adoleció, en su aspecto más general, de una unidad de concepción entre coro y orquesta. El director, Viktor Lemko, imprimía en cada movimiento un tiempo correcto, pero demasiado mecánico y fijo que en algunos aspectos no benefició a la fluidez coral, necesariamente supeditada al tiempo marcado. Eso no es óbice para que se escuchasen verdaderos momentos gloriosos en la introducción del segundo movimiento, el Gloria, con unos efectos tímbricos muy bellos en las voces blancas, en el equilibrio de la fuga, y en la elegancia del Agnus. Respecto a los solistas, gustó mucho el lirismo del tenor Alejandro Roy, especialmente en el Gratias. Posee una sonoridad redonda, muy bien timbrada, potente y clara. Varela, contundente en los registros medios y ligeramente forzado en los agudos, realizó también una correcta interpretación. |