|
CORAL
POLIFÓNICA
GIJONESA
Recortes de Prensa |
La Nueva España - 23 de Marzo de 2002 |
|
Texto: Cuca Alonso
En la tarde de ayer, Viernes de Dolores, la Semana Santa gijonesa dio su primer paso. El acontecimiento estuvo revestido de una solemnidad y una belleza, que de mantenerse ese tono en todas las celebraciones que durante los próximos días van a desarrollarse en la ciudad, no nos cabe duda de que ésta será la Semana Santa más hermosa de la Tierra. María Teresa Álvarez pronunció el pregón y la Coral Polifónica puso la rúbrica con una actuación memorable. Unos minutos antes de la hora prevista, ocho de la tarde, en las proximidades del pórtico de la iglesia de San Pedro, una banda de tambores marcaba su rítmico redoble. La bruma iba entrando en el ambiente, arrastrada por la pleamar, y los atormentados compases se quedaban allí, pegados al suelo hasta encogernos el aliento. Ya está aquí, pensé, el tiempo más inquietante, las horas de inevitable angustia; pies descalzos, grilletes, dolor, soledad, lágrimas y muerte... Todo eso que nadie quiere para sí mismo, y que cada año hemos de recordar, paso a paso, siguiendo el camino de Cristo. Su horrible semana de injusticia, tortura y abandono... Una vez más era necesario preguntar, de cara al océano, qué sería de nosotros sin el domingo de Resurrección. José Ramón Fernández Costales, miembro de la Junta Mayor de Cofradías y Hermandades Penitenciales anunció: «Redoblen los tambores para recibir en el templo a la pregonera». María Teresa Álvarez venía acompañada de los hermanos mayores de dicha junta. Muy guapa, vestida de negro, avanzó por la nave central. El presidente, Ignacio Alvargonzález, le dio la bienvenida. «Muchas gracias a la condesa, a la Polifónica, y a ustedes», dijo. Omito el saludo a las autoridades, porque no había ni media autoridad, política por supuesto. De las otras, culturales o profesionales, sí; allí estaban los pregoneros anteriores, el abogado y presidente del Foro Jovellanos, Agustín Antuña, y el catedrático de derecho mercantil, Javier Fernández Costales, acompañados del general Sabino Fernández Campo, conde de Latores. Ignacio Alvargonzález manifestó que éste era un año importante para la iglesia asturiana, por el cambio en la sede arzobispal. «Al largo pontificado de Gabino Díaz Merchán, sucede el renovado impulso de Carlos Osoro, que ha lamentado no poder sumarse a esta celebración, siendo su voluntad, porque a estas horas preside un vía crucis en la catedral de Oviedo». Y añadió: «Este templo marinero mira a babor, hacia Candás, su Cristo, el lugar donde nació nuestra ilustre pregonera». Unas palabras de presentación eran obligadas, María Teresa Álvarez está licenciada en ciencias de la información, ha trabajado en prensa, radio y televisión. El 1987 se traslada a Madrid como directora de programas divulgativos histórico-culturales, en TVE. «A su rico currículum ha de añadir que es la primera mujer, en la historia de la Semana Santa del Principado de Asturias, que pronuncia el pregón». Antes de referirme a su emisión, les voy a contar a ustedes una cosa. Hace unas semanas, un importante miembro del partido socialista dijo en mi presencia, y apoyándose en un inequívoco tono de guasa: «Le han encargado el pregón a María Teresa Álvarez, ya le he dicho yo, que no sé qué va a decir...» El comentario me dolió, ¿quién es nadie para suponer lo que pasa en el alma de cada ser humano? Los ciegos no pueden entender que exista vida fuera de sus tinieblas. Resultado: María Teresa pronunció un brillante, profundo y ferviente pregón. Con su estilo ágil, la bonita voz que la acompaña, dejó las cosas muy claras desde el principio, «como creyente, la Semana Santa siempre ha tenido para mí un profundo significado». Y partiendo de la idea de la necesidad de revestirnos de Jesucristo, de sufrir con él, para reflexionar, y renovarnos en la fe, María Teresa se detuvo en el pasaje evangélico en que las piadosas mujeres lloran ante el sepulcro vacío. En su expresión, la escena cobró fuerza, «María...», dijo el Señor, «ella reconoció la voz del maestro, y todo cambió». Javier Gómez Cuesta, párroco de San Pedro, la miraba de hito en hito, encantado de la vida; seguro que a él también le estaba tocando el corazón. Hermosas alegorías, «aquí, el mar, como en Tiberiades o Galilea, donde escogió a los doce para darles su legado de amor». Y... no podía ser de otra manera; la personalidad de María Teresa dejó su impronta. Se detuvo en la Verónica, y manejando textos evangélicos y apócrifos, acabó construyendo un conmovedor alegato femenino, «los dos únicos gestos a favor del reo son de una mujer, la Verónica; la voz que se alza en el juicio de B, y el paño que enjuga el sudor de Cristo, aún a riesgo de su seguridad». Al finalizar, María Teresa recibió la medalla de cofrade honoraria. El acto lo sellaría la Polifónica con una actuación extraordinaria; creo que el acontecimiento debe sentar jurisprudencia, es decir, no hay pregón sin Polifónica, la Junta Mayor no ha de privarnos. No sabría decir qué era mejor, si el programa o los intérpretes, pero como lo uno y lo otro es labor de Luis Gutiérrez Arias, para él una ovación de gala. El «Ave María» de Bruckner... ¿Y nadie graba eso? El templo, abarrotado, digamos que se venía debajo de entusiasmo. |